sábado, 5 de julio de 2014



Basándome en lo descrito por Ovidio en  Metamorfosis sobre Narciso y con la referencia de Jorge Luis Borges en El Libro de los Seres Imaginarios, este trabajo es una investigación sobre las metamorfosis y el sentido de la razón corporal en plena construcción de una poética del cuerpo. De esta manera estoy proponiendo una  deriva estética que  extrae del mito las fuerzas o posibles afecciones que posibilitan el movimiento  para indagar  el lugar que ocupa el pensamiento y la experiencia por la que el cuerpo vivencia lo que llamamos  danza.




Narciso y los Seres Imaginarios



Basado en El Libro de los Seres Imaginarios de Jorge Luis Borges y   Metamorfosis de Ovidio





“Lo maravilloso de la fantástico es que nada existe porque todo es real.”
Andre Bretón












Narciso y los Seres Imaginarios

Basado en El Libro de los Seres Imaginarios de Jorge Luis Borges y  Metamorfosis de Ovidio

Coreografía y dirección artística:  Leyson Ponce

¡     Duración: 
40 Minutos aprox.
¡     Bailarines:

COMPAÑÍA DANZALUZ
(Toda la Compañía  13 BAILARINES)
¡     Investigación Corporal
Compañía Danzaluz
¡     Selección Musical
Leyson Ponce
¡     Edición Musical
Luis Alonso
¡     Música: 
Phillip Glass, Michael Nyman, Ukranian Folk, Vivaldi-Jaroussky, Monteverdi, Klesmer
¡     Textos: 
“Narciso y Eco” en  Metamorfosis de Ovidio y El Libro de los Seres Imaginarios de Jorge Luis Borges
Diseño Iluminación:
Leyson Ponce
¡     Diseño de Vestuario, utilería, maquillaje  y escenografia: 

Deynis Luque
Musicalización, edición: 
Luis Alonso Caracas
¡     Coordinación de Escenario:

¡     PRODUCCION GENERAL:


DANZALUZ
¡     Agradecimientos
DANZALUZ
UNEARTE
DRAMO
ELINOR CESÍN CENTENO
NÉSTOR VILORIA
LUIS ALONSO
MIGUEL ISSA













PERSONAJES









NINFAS DE TIERRA Y AGUA

















ALEJANDRA
Y
YAIMARA
AMELEY

ISABELLA
 
ZAILY

ADRIANA
 ***************************************************************************************
PAOLA

MARIDEY

 
 















CENTARURO
GILBERTO
ANDRY
MANDRAGORA
WILY
ROBERT
NARCISO

DEYNIS 

Y PARA GRUPALES HOMBRES TODOS CON CHALECO
NINFA ECO
ISABELLA

RECUERDA IGUAL QUE SU VESTUARIO DE RAMA PERO EN BLANCO





ESCENOGRAFÍA

16 PAQUETES DE RAMAS SECAS PARA 8 BAILARINAS
8 CUBOS CON UNA CARA ABIERTA DE 50 CM X 50 CM

***********************************************************************************************



Clidanope ; es la ninfa que se caso con Hipseo.

Euridice; era una ninfa auloníade de Tracia.

Náyade (o Naj) son las hadas o "ninfas" de agua dulce:

Entre los Tipos de náyades estan:
1. Creneas o crénides (fuentes)
2. Heleades (pantanos)
3. Limnades o limnátides (lagos)
4. Pegeas (manantiales)
5. Potámides (ríos)
_________
Las Nereidas son ninfas del mar (son 50)

Thetis, es una ninfa del mar, una de las cincuenta nereidas, hijas del anciano dios de los mares, Nereo, y de Doris

Galatea es una nereida de Sicilia amada por el cíclope Polifemo.

Anfitrite es una nereida que se convertiría en consorte de Poseidón.

"De Nereo y Doris nacieron las nereidas, cuyos nombres son Cimótoe, Espeo, Glaucónome, Nausítoe, Halia, Erato, Sao, Anfítrite, Eunice, Tetis, Eulímene, Ágave, Eudora, Doto, Ferusa, Galatea, Acteea, Pontomedusa, Hipótoe, Lisianasa, Cimo, Éyone, Halimede, Plexaura, Eucrante, Proto, Calipso, Pánope, Cranto, Neomerís, Hipónoe, Yanira, Polínome, Autónoe, Mélite, Dione, Nesea, Dero, Evágora, Psámate, Eumolpe, Yone, Dinámene, Ceto y Limnorea."
___________________________

FAVOR INVESTIGAR LAS CHICAS SOBRE NINFAS Y TOMAR LAS CARACTERÍSTICAS
En la mitologia Griega Las diferentes ninfas se distinguen según las diferentes esferas de la naturaleza con las que están conectadas.

* Ninfas terrestres («Epigeas»)
o Agrónomos (campos)
o Alseides (flores)
o Antríades (cuevas)
o Auloníades (pastizales)
o Corícides o coricias (cuevas, son las musas clásicas)
o Dríades (bosques)
+ Hamadríades (árboles)
+ Melíades o melias (fresnos)
o Hespérides (jardines)
o Híades (lluvia)
o Limónideso hénides(prados)
o Napeas (valles de montañas, cañadas)
o Oréades u orestíades (montañas, montes; forman el cortejo de Diana)
* Ninfas de las aguas («Efidríades»)
o Oceánides (hijas de Océano; cualquier agua, normalmente salada)
+ Néfeles (Ninfas de las nubes y las lluvias)
o Nereidas (hijas de Nereo; del mar Mediterráneo)
o Náyades (normalmente al agua dulce)
+ Creneaso crénides (fuentes)
+ Limnátides o limníades (lagos)
+ Pegeas(manantiales)
+ Potámides (ríos)
* Otras
o Perimélides (ninfas del ganado menor)
o Epimélides (ninfas de las ovejas)
o Trías (ninfas proféticas de la miel)
o Uranias (ninfas celestes)


A CONTINUACIÓN PARTES DEL LIBRO DE LOS SERES IMAGINARIOS DE JORGE LUIS BORGES

El Libro De Los Seres
Imaginarios
Jorge Luis Borges
Margarita Guerrero
CONTENIDO
Los Pigmeos
El Dragón
A Bao A Qu
La Anfisbena
Animales de los Espejos
Animales Esféricos
Un Animal Soñado por Kafka
Dos Animales Metafísicos
Un Animal Soñado por C. S. Lewis
El Animal Soñado por Poe
Abtu y Anet
El Aplanador
Arpías
El Asno de Tres Patas
El Ave Fénix
El Centauro
El Ave Roc
Bahamut
El Cancerbero
El Basilisco
El Elefante Que Predijo El Nacimiento del Buddha
El Catoblepas
El Behemoth
Una Cruza
Cronos o Hércules
Garuda
Los Elfos
El Borametz
El Dragón
El Dragón Chino
El Devorador de las Sombras
El Caballo del Mar
La Esfinge
El Burak
Fauna de los Estados Unidos
El Fénix Chino
Los Silfos
El Golem
El Grifo
El Cien Cabezas
Haniel, Kafziel, Azriel Y Aniel
La Banshee
El Hipogrifo
Haokah, Dios del Trueno
La Hidra de Lerna
La Mandrágora
El Kami
El Minotauro
La Madre de las Tortugas
Los Monóculos
El Mantícora
Los Gnomos
El Mono de la Tinta
Rémora
La Quimera
Lilith
El Peritio
El Zorro Chino
Fauna China
El Monstruo Aqueronte
Los Nagas
La Óctuple Serpiente
El Mirmecoleón
Youwarkee
El Odradek
La Pantera
El Pelícano
El Gato de Cheshire y los Gatos Kilkenny
El Simurg
La Salamandra
Sirenas
Talos
Las Ninfas
El Zaratán
El Doble
El Squonk
El Unicornio
El Kraken
Los Tigres del Annam
La Peluda de la Ferte-Bernard
El Unicornio Chino
El Uroboros
Fastitocalón
Los Demonios de Swedenborg
Los Lamed Wufniks
Los Yinn
El Ciervo Celestial
Los Brownies
Un Reptil Soñado por C. S. Lewis
Un Rey de Fuego y su Caballo
El Libro De Los Seres Imaginarios
Jorge Luis Borges Margarita Guerrero
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Crocotas y Leucrocotas
El T’ao-t’ieh
Escila
Las Valquirias
Las Nornas
Chancha con Cadenas
Ictiocentauros
Los Seres Térmicos
Demonios del Judaísmo
El Hijo de Leviatán
El Nesnás
Los Ángeles de Swedenborg
Khumbaba
Hochigan
Los Antílopes de Seis Patas
Los Eloi y los Morlocks
Baldanders
Los Trolls
Las Hadas
Las Lamias
Los Lemures
Kuyata
Los Sátiros
El Gallo Celestial
El Pájaro Que Causa La Lluvia
La Liebre Lunar
El Libro De Los Seres Imaginarios
Jorge Luis Borges Margarita Guerrero
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NOTA
La primera edición de este libro, escrito por Jorge Luis Borges con la colaboración de
Margarita Guerrero, apareció con el título de Manual de Zoología Fantástica (Fondo de
Cultura Económica, México, 1957). Fue traducido al italiano, Manuale di Zoologia
Fantastica (Giulio Einaudi, Turín, 1962); al alemán, Einhorn, Sphinx und Salamander. Ein
Handbuch der Phantastichem Zoologie (Carl Hanser, Munich, 1964); y al francés, Manuel
de Zoologie Fantastique (Juilliard, París, 1965).
Fue ampliado y publicado nuevamente en castellano con el título de El Libro de los
Seres Imaginarios (Kier, Buenos Aires, 1967), y traducido al inglés, The Book of
Imaginary Beings (E. P. Dutton, Nueva York, 1969, y Jonathan Cape, Londres, 1970).
También apareció en japonés (Shobun Sha, Tokyo, 1974). Será editado en portugués
(Globo, Porto Alegre, Brasil).
PRÓLOGO
El nombre de este libro justificaría la inclusión del Príncipe Hamlet, del punto, de la línea,
de la superficie, del hipercubo, de todas las palabras genéricas y, tal vez, de cada uno de
nosotros y de la divinidad. En suma, casi del universo. Nos hemos atenido, sin embargo, a
lo que inmediatamente sugiere la locución «seres imaginarios», hemos compilado un
manual de los extraños entes que ha engendrado, a lo largo del tiempo y del espacio, la
fantasía de los hombres.
Ignoramos el sentido del dragón, como ignoramos el sentido del universo, pero algo
hay en su imagen que concuerda con la imaginación de los hombres, y así el dragón en
distintas latitudes y edades.
Un libro de esta índole es necesariamente incompleto; cada nueva edición es el núcleo
de ediciones futuras, que pueden multiplicarse hasta el infinito.
Invitamos al eventual lector de Colombia o del Paraguay a que nos remita los nombres,
la fidedigna descripción y los hábitos más conspicuos de los monstruos locales.
Como todas las misceláneas, como los inagotables volúmenes de Robert Burton, de
Fraser o de Plinio. El Libro de los Seres Imaginarios no ha sido escrito para una lectura
consecutiva. Querríamos que los curiosos lo frecuentaran, como quien juega con las
formas cambiantes que revela un calidoscopio.
Son múltiples las fuentes de esta «silva de varia lección»; las hemos registrado en cada
artículo. Que alguna involuntaria omisión nos sea perdonada.
J. L. B.
M. G.
Martínez, Septiembre, 1967.
El Libro De Los Seres Imaginarios
Jorge Luis Borges Margarita Guerrero
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EL DRAGÓN
El dragón posee la capacidad de asumir muchas formas, pero estas son inescrutables. En
general lo imaginan con cabeza de caballo, cola de serpiente, grandes alas laterales y
cuatro garras cada una provista de cuatro uñas. Se habla asimismo de sus nueve
semblanzas; sus cuernos se asemejan a los de un ciervo, su cabeza a la del camello, sus
ojos a los de un demonio, su cuello al de la serpiente, su vientre al de un molusco, sus
escamas a las de un pez, sus garras a las del águila, las plantas de sus pies a las del tigre y
sus orejas a las del buey. Hay ejemplares a quienes les faltan orejas y que oyen por los
cuernos. Es habitual representarlo con una perla, que pende de su cuello y es emblema del
sol. En esa perla está su poder. Es inofensivo si se la quitan.
La historia le atribuye la paternidad de los primeros emperadores. Sus huesos, dientes y
saliva gozan de virtudes medicinales. Puede, según su voluntad, ser visible a los hombres o
invisible. En la primavera sube a los cielos; en el otoño se sumerge en la profundidad de
las aguas. Algunos carecen de alas y vuelan con ímpetu propio. La ciencia distingue
diversos géneros. El dragón celestial lleva en el lomo los palacios de las divinidades e
impide que éstos caigan sobre la tierra; el dragón divino produce los vientos y las lluvias,
para bien de la humanidad; el dragón terrestre determina el curso de los arroyos y de los
ríos; el dragón subterráneo cuida los tesoros vedados a los hombres. Los budistas afirman
que los dragones no abundan menos que los peces de sus muchos mares concéntricos; en
alguna parte del universo existe una cifra sagrada para expresar su número exacto. El
pueblo chino cree en los dragones más que en otras deidades, porque los ve con tanta
frecuencia en las cambiantes nubes. Paralelamente Shakespeare había observado que hay
nubes con forma de dragón («some times we see a cloud that’s dragonish»).
El dragón rige las montañas, se vincula a la geomancia, mora cerca de los sepulcros,
está asociado al culto de Confucio, es el Neptuno de los mares y aparece en tierra firme.
Los reyes de los dragones del mar habitan resplandecientes palacios bajo las aguas y se
alimentan de ópalos y de perlas. Hay cinco de esos reyes; el principal está en el centro, los
otros cuatro corresponden a los puntos cardinales. Tienen una legua de largo; al cambiar de
postura hacen chocar a las montañas. Están revestidos de una armadura de escamas
amarillas. Bajo el hocico tienen una barba; las piernas y la cola son velludas. La frente se
proyecta sobre los ojos llameantes, las orejas son pequeñas y gruesas, la boca siempre
abierta, la lengua larga y los dientes afilados. El aliento hierve a los peces, las exhalaciones
del cuerpo los asa. Cuando sube a la superficie de los océanos produce remolinos y tifones;
cuando vuela por los aires causa tormentas que destechan las casas de las ciudades y que

ANIMALES DE LOS ESPEJOS
En algún tomo de las Cartas Edificantes y Curiosas que aparecieron en París durante la
primera mitad del siglo XVIII, el P. Zallinger, de la Compañía de Jesús, proyectó un
examen de las ilusiones y errores del vulgo de Cantón; en un censo preliminar anotó que el
pez era un ser fugitivo y resplandeciente que nadie había tocado, pero que muchos
pretendían haber visto en el fondo de los espejos. El P. Zallinger murió en 1736 y el
trabajo iniciado por su pluma quedó inconcluso; ciento cincuenta años después, Herbert
Allen Giles tomó la tarea interrumpida.
Según Giles, la creencia del pez es parte de un mito más amplio, que se refiere a la
época legendaria del Emperador Amarillo.
En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como
ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los
colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz; se entraba y
se salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la Tierra. Su fuerza era
grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo
prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la
tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó
de su fuerza y de su figura y los redujo a simples reflejos serviles. Un día, sin embargo,
sacudirán ese letargo mágico.
El primero que despertará será el pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea
muy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán
despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos
imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a
las criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.
En el Yunnan no se habla del pez sino del tigre del espejo. Otros entienden que antes de
la invasión oiremos desde el fondo de los espejos el rumor de las armas.

ANIMALES ESFÉRICOS
El Libro De Los Seres Imaginarios
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La esfera es el más uniforme de los cuerpos sólidos, ya que todos los puntos de la
superficie equidistan del centro. Por eso y por su facultad de girar alrededor del eje sin
cambiar de lugar y sin exceder sus límites, Platón (Timeo, 33) aprobó la decisión del
Demiurgo, que dio forma esférica al mundo. Juzgó que el mundo es un ser vivo y en las
Leyes (898) afirmó que los planetas y las estrellas también lo son. Dotó, así, de vastos
animales esféricos a la zoología fantástica y censuró a los torpes astrónomos que no
querían entender que el movimiento circular de los cuerpos celestes era espontáneo y
voluntario.
(Más de quinientos años después, en Alejandría, Orígenes enseñó que los
bienaventurados resucitarían en forma de esferas y entrarían rodando en la eternidad.)
En la época del Renacimiento, el concepto del cielo como animal reapareció en Vantini;
el neoplatónico Marsilio Ficino habló de los pelos, dientes y huesos de la Tierra, y
Giordano Bruno sintió que los planetas eran grandes animales tranquilos, de sangre
caliente y de hábitos regulares, dotados de razón. A principios del siglo XVII, Kepler
discutió con el ocultista inglés Robert Fludd la prioridad de la concepción de la Tierra
como monstruo viviente, «cuya respiración de ballena, correspondiente al sueño y a la
vigilia, produce el flujo y el reflujo del mar». La anatomía, la alimentación, el color, la
memoria y la fuerza imaginativa y plástica del monstruo fueron estudiados por Kepler.
En el siglo XIX, el psicólogo alemán Gustav Theodor Fechner (hombre alabado por
William James, en la obra A Pluralistic Universe) repensó con una suerte de ingenioso
candor las ideas anteriores. Quienes no desdeñan la conjetura que la Tierra, nuestra madre,
es un organismo, un organismo superior a la planta, al animal y al hombre, pueden
examinar las piadosas páginas de su Zend-Avesta. Ahí leerán, por ejemplo, que la figura
esférica de la Tierra es la del ojo humano, que es la parte más noble de nuestro cuerpo.
También, «que si realmente el cielo es la casa de los ángeles, éstos sin duda son las
estrellas, porque no hay otros habitantes del cielo».


ARPÍAS
El Libro De Los Seres Imaginarios
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Para la Teogonía de Hesíodo, las arpías son divinidades aladas, y de larga y suelta
cabellera, más veloces que los pájaros y los vientos; para el tercer libro de la Eneida, aves
con cara de doncella, garras encorvadas y vientre inmundo, pálidas de hambre que no
pueden saciar. Bajan de las montañas y mancillan las mesas de los festines. Son
invulnerables y fétidas; todo lo devoran, chillando, y todo lo transforman en excrementos.
Servio, comentador de Virgilio, escribe que así como Hécate es Proserpina en los infiernos,
Diana en la tierra y luna en el cielo y la llaman diosa triforme, las arpías son furias en los
infiernos, arpías en la tierra y demonios (dirae) en el cielo. También las confunden con las
parcas.
Por mandato divino, las arpías persiguieron a un rey de Tracia que descubrió a los
hombres el porvenir o que compró la longevidad al precio de sus ojos y fue castigado por
el sol, cuya obra había ultrajado. Se aprestaba a comer con toda su corte y las arpías
devoraban o contaminaban los manjares. Los argonautas ahuyentaron a las arpías;
Apolonio de Rodas y William Morris (Life and Death of Jason) refieren la fantástica
historia. Ariosto, en el canto XXXIII del Furioso, transforma al rey de Tracia en el Preste
Juan, fabuloso emperador de los abisinios.
Arpías, en griego, significa las que raptan, las que arrebatan. Al principio, fueron
divinidades del viento, como los Maruts de los Vedas, que blanden armas de oro (los
rayos) y que ordeñan las nubes.

EL AVE FÉNIX
En efigies monumentales, en pirámides de piedra y en momias, los egipcios buscaron
eternidad; es razonable que en su país haya surgido el mito de un pájaro inmortal y
periódico, si bien la elaboración ulterior es obra de los griegos y de los romanos. Erman
escribe que en la mitología de Heliópolis, el fénix (benu) es el señor de los jubileos, o de
los largos ciclos de tiempo; Heródoto, en un pasaje famoso (II, 73), refiere con repetida
incredulidad una primera forma de la leyenda:
Otra ave sagrada hay allí que sólo he visto en pintura, cuyo nombre es el de Fénix.
Raras son, en efecto, las veces que se deja ver, y tan de tarde en tarde, que según los
de Heliópolis, sólo viene a Egipto cada quinientos años, a saber cuándo fallece su
padre. Si en su tamaño y conformación es tal como la describen, su mole y figura son
muy parecidas a las del águila, y sus plumas, en parte doradas, en parte de color
carmesí. Tales son los prodigios que de ella nos cuentan, que aunque para mí poco
dignos de fe, no emitiré el referirlos. Para trasladar el cadáver de su padre desde
Arabia hasta el Templo del Sol, se vale de la siguiente maniobra: forma ante todo un
huevo sólido de mirra, tan grande cuanto sus fuerzas alcancen para llevarlo,
probando su peso después de formado para experimentar si es con ellas compatible;
va después vaciándolo hasta abrir un hueco donde pueda encerrar el cadáver de su
padre, el cual ajusta con otra porción de mirra y atesta de ella la concavidad, hasta
que el peso del huevo preñado con el cadáver iguale al que cuando sólido tenía;
cierra después la abertura, carga con su huevo, y lo lleva al Templo del Sol en
Egipto. He aquí, sea lo que fuere, lo que de aquel pájaro refieren.
Unos quinientos años después, Tácito y Plinio retomaron la prodigiosa historia; el
primero rectamente observó que toda antigüedad es oscura, pero que una tradición ha
fijado el plazo de la vida del fénix en mil cuatrocientos sesenta y un años (Anales, VI, 28).
También el segundo investigó la cronología del fénix; registró (X, 2) que, según Manilio,
aquél vive un año platónico, o año magno. Año platónico es el tiempo que requieren el Sol,
la Luna y los cinco planetas para volver a su posición inicial; Tácito, en el Diálogo de los
Oradores, lo hace abarcar doce mil novecientos noventa y cuatro años comunes. Los
antiguos creyeron que, cumplido ese enorme ciclo astronómico, la historia universal se
repetiría en todos sus detalles, por repetirse los influjos de los planetas; el fénix vendría a
ser un espejo o una imagen del universo. Para mayor analogía, los estoicos enseñaron que
el universo muere en el fuego y renace del fuego y que el proceso no tendrá fin y no tuvo
principio.
Los años simplificaron el mecanismo de la generación del fénix, Heródoto menciona un
huevo, y Plinio, un gusano, pero Claudiano, a fines del siglo IV, ya versifica un pájaro
inmortal que resurge de su ceniza, un heredero de sí mismo y un testigo de las edades.
Pocos mitos habrá tan difundidos como el del fénix. A los autores ya enumerados cabe
agregar: Ovidio (Metamorfosis, XV), Dante (Infierno, XXIV). Shakespeare (Enrique VIII, V,
4), Pellicer (El Fénix y su Historia Natural), Quevedo (Parnaso Español, VI), Milton
(Samson Agonistes, in fine). Mencionaremos asimismo el poema latino De Ave Phoenice,
que ha sido atribuido a Lactancio, y una imitación anglosajona de ese poema, del siglo VIII.
Tertuliano, San Ambrosio y Cirilo de Jerusalén han alegado el fénix como prueba de la
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resurrección de la carne. Plinio se burla de los terapeutas que prescriben remedios
extraídos del nido y de las cenizas del fénix.

EL CENTAURO
El centauro es la criatura más armoniosa de la zoología fantástica. Biforme lo llaman las
Metamorfosis de Ovidio, pero nada cuesta olvidar su índole heterogénea y pensar que en el
mundo platónico de las formas hay un arquetipo del centauro, como del caballo o del
hombre. El descubrimiento de ese arquetipo requirió siglos; los monumentos primitivos y
arcaicos exhiben un hombre desnudo, al que se adapta incómodamente la grupa de un
caballo. En el frontón occidental del Templo de Zeus, en Olimpia, los centauros ya tienen
patas equinas; de donde debiera arrancar el cuello del animal arranca el torso humano.
Ixión, rey de Tesalia, y una nube a la que Zeus dio la forma de Hera, engendraron a los
centauros; otra leyenda refiere que son hijos de Apolo. (Se ha dicho que centauro es una
derivación de gandharva; en la mitología védica, los gandharvas son divinidades menores
que rigen los caballos del sol.) Como los griegos de la época homérica desconocían la
equitación, se conjetura que el primer nómada que vieron les pareció todo uno con su
caballo y se alega que los soldados de Pizarro o de Hernán Cortés también fueron
centauros para los indios. «Uno de aquellos de caballo cayó del caballo abajo; y como los
indios vieron dividirse aquel animal en dos partes, teniendo por cierto que todo era una
cosa, fue tanto el miedo que tuvieron que volvieron las espaldas dando voces a los suyos,
diciendo que se había hecho dos haciendo admiración dello: lo cual no fue sin misterio;
porque a no acaecer esto, se presume que mataran todos los cristianos», dice uno de los
textos que cita Prescott. Pero los griegos conocían el caballo, a diferencia de los indios; lo
verosímil es conjeturar que el centauro fue una imagen deliberada y no una confusión
ignorante.
La más popular de las fábulas en que los centauros figuran es la de su combate con los
lapitas, que los habían convidado a una boda. Para los huéspedes, el vino era cosa nueva;
en mitad del festín, un centauro borracho ultrajó a la novia e inició, volcando las mesas, la
famosa centauromaquia que Fidias, o un discípulo suyo, esculpiría en el Partenón, que
Ovidio cantaría en el libro XII de las Metamorfosis y que inspiraría a Rubens. Los
centauros, vencidos por los lapitas, tuvieron que huir de Tesalia. Hércules, en otro
combate, aniquiló a flechazos la estirpe.
La rústica barbarie y la ira están simbolizadas en el centauro, pero «el más justo de los
centauros, Quirón» (Ilíada, XI, 832), fue maestro de Aquiles y de Esculapio, a quienes
instruyó en las artes de la música, de la cinegética, de la guerra y hasta de la medicina y la
cirugía. Quirón memorablemente figura en el canto XII del Infierno, que por consenso
general se llama canto de los centauros. Véanse a este propósito las finas observaciones de
Momigliano, en su edición de 1945.
Plinio dice haber visto un hipocentauro, conservado en miel, que mandaron de Egipto al
emperador.
En la Cena de los Siete Sabios, Plutarco refiere humorísticamente que uno de los
pastores de Periandro, déspota de Corinto, le trajo en una bolsa de cuero una criatura recién
nacida que una yegua había dado a luz y cuyo rostro, pescuezo y brazos eran humanos y lo
demás equino. Lloraba como un niño y todos pensaron que se trataba de un presagio
espantoso. El sabio Tales lo miró, se rió y dijo a Periandro que realmente no podía aprobar
la conducta de sus pastores.
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En el quinto libro de su poema, Lucrecio afirma la imposibilidad del centauro, porque la
especie equina logra su madurez antes que la humana y, a los tres años, el centauro sería un
caballo adulto y un niño balbuciente. Este caballo moriría cincuenta años antes que el
hombre.

EL DRAGÓN
Una gruesa y alta serpiente con garras y alas es quizá la descripción más fiel del dragón.
Puede ser negro, pero conviene que también sea resplandeciente; asimismo suele exigirse
que exhale bocanadas de fuego y de humo. Lo anterior se refiere, naturalmente, a su
imagen actual; los griegos parecen haber aplicado su nombre a cualquier serpiente
considerable. Plinio refiere que en el verano el dragón apetece la sangre del elefante, que
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es notablemente fría. Bruscamente lo ataca, se le enrosca y le clava los dientes. El elefante
exangüe rueda por tierra y muere; también muere el dragón, aplastado por el peso de su
adversario. También leemos que los dragones de Etiopía, en busca de mejores pastos,
suelen atravesar el Mar Rojo y emigrar a Arabia. Para ejecutar esa hazaña, cuatro o cinco
dragones se abrazan y forman una especie de embarcación, con las cabezas fuera del agua.
Otro capítulo hay dedicado a los remedios que se derivan del dragón. Ahí se lee que sus
ojos, secados y batidos con miel, forman un linimento eficaz contra las pesadillas. La grasa
del corazón del dragón guardada en la piel de una gacela y atada al brazo con los tendones
de un ciervo asegura el éxito en los litigios; los dientes, asimismo atados al cuerpo, hacen
que los amos sean indulgentes y los reyes graciosos. El texto menciona con escepticismo
una preparación que hace invencibles a los hombres. Se elabora con pelo de león, con la
médula de ese animal, con la espuma de un caballo que acaba de ganar una carrera, con las
uñas de un perro y con la cola y la cabeza de un dragón.
En el libro XI de la Ilíada se lee que en el escudo de Agamenón había un dragón azul y
tricéfalo; siglos después los piratas escandinavos pintaban dragones en sus escudos y
esculpían cabezas de dragón en las proas de las naves. Entre los romanos, el dragón fue
insignia de la cohorte, como el águila de la legión; tal es el origen de los actuales
regimientos de dragones. En los estandartes de los reyes germánicos de Inglaterra había
dragones; el objeto de tales imágenes era infundir terror a los enemigos. Así, en el romance
de Athis se lee:
Ce souloient Romains porter,
Ce nous fait moult à redouter.
(Esto solían llevar los romanos,
Esto hace que nos teman muchísimo.)
En el Occidente el dragón siempre fue concebido como malvado. Una de las hazañas
clásicas de los héroes (Hércules, Sigurd, San Miguel, San Jorge) era vencerlo y matarlo. En
las leyendas germánicas, el dragón custodia objetos preciosos. Así, en la Gesta de
Beowulf, compuesta en Inglaterra hacia el siglo VIII, hay un dragón que durante trescientos
años es guardián de un tesoro. Un esclavo fugitivo se esconde en su caverna y se lleva un
jarro. El dragón se despierta, advierte el robo y resuelve matar al ladrón; a ratos, baja a la
caverna y la revisa bien. (Admirable ocurrencia del poeta atribuir al monstruo esa
inseguridad tan humana.) El dragón empieza a desolar el reino; Beowulf lo busca, combate
con él y lo mata.
La gente creyó en la realidad del dragón. Al promediar el siglo XVI, lo registra la
Historia Animalium de Conrad Gesner, obra de carácter científico.
El tiempo ha desgastado notablemente el prestigio de los dragones. Creemos en el león
como realidad y como símbolo; creemos en el minotauro como símbolo, ya que no como
realidad; el dragón es acaso el más conocido pero también el menos afortunado de los
animales fantásticos. Nos parece pueril y suele contaminar de puerilidad las historias en
que figura. Conviene no olvidar, sin embargo, que se trata de un prejuicio moderno, quizá
provocado por el exceso de dragones que hay en los cuentos de hadas. Empero, en la
Revelación de San Juan se habla dos veces del dragón, «la vieja serpiente que es el Diablo
y es Satanás». Análogamente, San Agustín escribe que el Diablo «es león y dragón; león
por el ímpetu, dragón por la insidia». Jung observa que en el dragón están la serpiente y el
pájaro, los elementos de la tierra y el aire.
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EL DRAGÓN CHINO
La cosmogonía china enseña que los Diez Mil Seres (el mundo) nacen del juego rítmico
de dos principios complementarios y eternos, que son el Yin y el Yang. Corresponden al
Yin la concentración, la oscuridad, la pasividad, los números pares y el frío; al Yang, el
crecimiento, la luz, el ímpetu, los números impares y el calor. Símbolos del Yin son la
mujer, la tierra, el anaranjado, los valles, los cauces de los ríos y el tigre; del Yang, el
hombre, el cielo, el azul, las montañas, los pilares, el dragón.
El dragón chino, el lung, es uno de los cuatro animales mágicos. (Los otros son el
unicornio, el fénix y la tortuga.) En el mejor de los casos, el dragón occidental es aterrador,
y en el peor, ridículo; el lung de las tradiciones, en cambio, tiene divinidad y es como un
ángel que fuera también un león. Así, en las Memorias Históricas de Ssu-Ma Ch’ien
leemos que Confucio fue a consultar al archivero o bibliotecario Lao Tse y que, después de
la visita, manifestó:
—Los pájaros vuelan, los peces nadan y los animales corren. El que corre puede
ser detenido por una trampa, el que nada por una red y el que vuela por una flecha.
Pero ahí está el dragón; no sé cómo cabalga en el viento ni cómo llega al cielo. Hoy
he visto a Lao Tse y puedo decir que he visto al dragón.
Un dragón o un caballo-dragón surgió del Río Amarillo y reveló a un emperador el
famoso diagrama circular que simboliza el juego recíproco del Yang y el Yin; un rey tenía
en sus establos dragones de silla y de tiro; otro se nutrió de dragones y su reino fue
próspero. Un gran poeta, para ilustrar los riesgos de la eminencia, pudo escribir: «El
unicornio acaba como fiambre, el dragón como pastel de carne.»
En el I King (Canon de las mutaciones), el dragón suele significar el sabio.
Durante siglos, el dragón fue un emblema imperial. El trono del emperador se llamó el
Trono del Dragón; su rostro, el Rostro del Dragón. Para anunciar que el emperador había
muerto, se decía que había ascendido al firmamento sobre un dragón.
La imaginación popular vincula el dragón a las nubes, a la lluvia que los agricultores
anhelan y a los grandes ríos. La tierra se une con el dragón es una locución habitual para
significar la lluvia. Hacia el siglo VI, Chang Seng-Yu ejecutó una pintura mural en la que
figuraban cuatro dragones. Los espectadores lo censuraron porque había omitido los ojos.
Chang, fastidiado, retomó los pinceles y completó dos de las sinuosas imágenes. Entonces,
«el aire se pobló de rayos y truenos, el muro se agrietó y los dragones ascendieron al cielo.
Pero los otros dos dragones sin ojos se quedaron en su lugar».
El dragón chino tiene cuernos, garras y escamas, y su espinazo está como erizado de
púas. Es habitual representarlo con una perla, que suele tragar o escupir; en esa perla está
su poder. Es inofensivo si se la quitan.
Chuang Tzu nos habla de un hombre tenaz que, al cabo de tres ímprobos años, dominó
el arte de matar dragones, y que en el resto de sus días no dio con una sola oportunidad de
ejercerlo.

EL DEVORADOR DE LAS SOMBRAS
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Hay un curioso género literario que independientemente se ha dado en diversas épocas y
naciones: la guía del muerto en las regiones ultraterrenas. El Cielo y el Infierno de
Swedenborg, las escrituras gnósticas, el Bardo Tbödol de los tibetanos (título que, según
Evans-Wentz, debe traducirse Liberación por Audición en el Plano de la Posmuerte) y el
Libro Egipcio de los Muertos no agotan los ejemplos posibles. Las «simpatías y
diferencias» de los dos últimos han merecido la atención de los eruditos; bástenos aquí
repetir que para el manual tibetano el otro mundo es tan ilusorio como éste y para el
egipcio es real y objetivo.
En los dos textos hay un tribunal de divinidades, algunas con cabeza de mono; en los
dos, una ponderación de las virtudes y de las culpas. En el Libro de los Muertos, una pluma
y un corazón ocupan los platillos de la balanza; en el Bardo Tbödol, piedritas de color
blanco y de color negro. Los tibetanos tienen demonios que ofician de furiosos verdugos;
los egipcios, el devorador de las sombras.
El muerto jura no haber sido causa de hambre o causa de llanto, no haber matado y no
haber hecho matar, no haber robado los alimentos funerarios, no haber falseado las
medidas, no haber apartado la leche de la boca del niño, no haber alejado del pasto a los
animales, no haber apresado los pájaros de los dioses.
Si miente, los cuarenta y dos jueces lo entregan al devorador «que por delante es
cocodrilo, por el medio, león y, por detrás, hipopótamo». Lo ayuda otro animal, Babaí, del
que sólo sabemos que es espantoso y que Plutarco identifica con un titán, padre de la
Quimera.
EL CABALLO DEL MAR
A diferencia de otros animales fantásticos, el caballo del mar no ha sido elaborado por
combinación de elementos heterogéneos; no es otra cosa que un caballo salvaje cuya
habitación es el mar y que sólo pisa la tierra cuando la brisa le trae el olor de las yeguas, en
las noches sin luna. En una isla indeterminada —acaso Borneo— los pastores manean en la
costa las mejores yeguas del rey y se ocultan en cámaras subterráneas; Simbad vio el potro
que salía del mar y lo vio saltar sobre la hembra y oyó su grito.
La redacción definitiva del Libro de las Mil y Una Noches data, según Burton, del siglo
XIII; en el siglo XIII nació y murió el cosmógrafo Al-Qazwiní que, en su tratado Maravillas
de las Criaturas, escribió estas palabras: «El caballo marino es como el caballo terrestre,
pero las crines y la cola son más crecidas y el color más lustroso y el vaso está partido
como el de los bueyes salvajes y la alzada es menor que la del caballo terrestre y algo
mayor que la del asno». Observa que el cruzamiento de la especie marina y de la terrestre
da hermosísimas crías y menciona un potrillo de pelo oscuro, «con manchas blancas como
piezas de plata».
Wang Tai-hai, viajero del siglo XVIII, escribe en la Miscelánea China:
El caballo marino suele aparecer en las costas en busca de la hembra; a veces lo
apresan. El pelaje es negro y lustroso; la cola es larga y barre el suelo; en tierra firme
anda como los otros caballos, es muy dócil y puede recorrer en un día centenares de
millas. Conviene no bañarlo en el río, pues en cuanto ve el agua recobra su antigua
naturaleza y se aleja nadando.
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Los etnólogos han buscado el origen de esta ficción islámica en la ficción grecolatina
del viento que fecunda las yeguas. En el libro tercero de las Geórgicas, Virgilio ha
versificado esta creencia. Más rigurosa es la exposición de Plinio (VIII, 67): «Nadie ignora
que en Lusitania, en las cercanías de Olisipo (Lisboa) y de las márgenes del Tajo, las
yeguas vuelven la cara al viento occidental y quedan fecundadas por él; los potros
engendrados así resultan de admirable ligereza, pero mueren antes de cumplir los tres
años».
El historiador Justino ha conjeturado que la hipérbole hijos del viento, aplicada a
caballos muy veloces, originó esta fábula.
LA MANDRAGORA
Como el borametz, la planta llamada mandrágora confina con el reino animal, porque
grita cuando la arrancan; ese grito puede enloquecer a quienes lo escuchan (Romeo y
Julieta, IV, 3). Pitágoras la llamó antropomorfa: el agrónomo latino Lucio Columela, semihomo,
y Alberto Magno pudo escribir que las mandrágoras figuran la humanidad, con la
distinción de los sexos. Antes, Plinio había dicho que la mandrágora blanca es el macho y
la negra es la hembra. También, que quienes la recogen trazan alrededor tres círculos con
la espada y miran al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las
personas. Arrancarla era correr el albur de espantosas calamidades; el último libro de la
Guerra Judía de Flavio Josefo nos aconseja recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la
planta, el animal muere, pero las hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes.
La supuesta forma humana de las mandrágoras ha sugerido a la superstición que éstas
crecen al pie de los patíbulos. Browne (Pseudodoxia Epidemica, 1646) habla de la grasa de
los ahorcados; el novelista popular Hanns Heinz Ewers (Alraune, 1913), de la simiente.
Mandrágora, en alemán, es alraune; antes se dijo alruna; la palabra trae su origen de runa,
que significó misterio, cosa escondida, y se aplicó después a los caracteres del primer
alfabeto germánico.
El Génesis (XXX, 14) incluye una curiosa referencia a las virtudes generativas de la
mandrágora. En el siglo XII, un comentador judío-alemán del Talmud escribe este párrafo:
Una especie de cuerda sale de una raíz en el suelo y a la cuerda está atado por el
ombligo, como una calabaza, o melón, el animal llamado yadu’a, pero el yadu’a es
en todo igual a los hombres: cara, cuerpo, manos y pies. Desarraiga y destruye todas
las cosas, hasta donde alcanza la cuerda. Hay que romper la cuerda con una flecha, y
entonces muere el animal.
El médico Discórides identificó la mandrágora con la circea, o hierba de Circe, de la
que se lee en la Odisea, en el libro X; «La raíz es negra, pero la flor es como la leche. Es
difícil empresa para los hombres arrancarla del suelo, pero los dioses son todopoderosos.»
EL KAMI
Según un pasaje de Séneca, Tales de Mileto enseñó que la tierra flota en el agua, como
una embarcación, y que el agua, agitada por las tormentas, causa los terremotos. Otro
sistema sismológico nos proponen los historiadores, o mitólogos, japoneses del siglo VIII.
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En una página famosa se lee:
Bajo la Tierra —de llanuras juncosas— yacía un Kami (un ser sobrenatural) que
tenía la forma de un barbo y que, al moverse, hacía que temblara la tierra hasta que el
Magno Dios de la Isla de Ciervos hundió la hoja de su espada en la tierra y le
atravesó la cabeza. Cuando el Kami se agita, el Magno Dios se apoya en la
empuñadura y el Kami vuelve a la quietud.
(El pomo de la espada, labrado en piedra, sobresale del suelo a unos pocos pasos del
templo de Kashima. Seis días y seis noches cavó en el siglo XVIII un señor feudal, sin dar
con el fin de la hoja.)
Para el vulgo, el Jinshin-Uwo, o Pez de los Terremotos, es una anguila de setecientas
millas de largo que lleva el Japón en el lomo. Corre de Norte a Sur; la cabeza viene a
quedar bajo Kioto, la punta de la cola bajo Awomori. Algún racionalista se ha permitido
invertir ese rumbo, porque en el Sur abundan los terremotos y resulta más fácil imaginar un
movimiento de la cola. De algún modo, este animal es análogo al Bahamut de las
tradiciones arábigas y al Midgardsorm de la Edda.
En ciertas regiones lo sustituye sin ventaja apreciable el Escarabajo de los Terremotos,
el Jinshin-Mushi. Tiene cabeza de dragón, diez patas de araña y está recubierto de
escamas. Es bestia subterránea no submarina.

EL MINOTAURO
La idea de una casa hecha para que la gente se pierda es tal vez más rara que la de un
hombre con cabeza de toro, pero las dos se ayudan y la imagen del laberinto conviene a la
imagen del minotauro. Queda bien que en el centro de una casa monstruosa haya un
habitante monstruoso.
El minotauro, medio toro y medio hombre, nació de los amores de Pasifae, reina de
Creta, con un toro blanco que Poseidón hizo salir del mar. Dédalo, autor del artificio que
permitió que se realizaran tales amores, construyó el laberinto destinado a encerrar y a
ocultar al hijo monstruoso. Éste comía carne humana; para su alimento, el rey de Creta
exigió anualmente de Atenas un tributo de siete mancebos y de siete doncellas. Teseo
decidió salvar a su patria de aquel gravamen y se ofreció voluntariamente. Ariadna, hija del
rey, le dio un hilo para que no se perdiera en los corredores; el héroe mató al minotauro y
pudo salir del laberinto.
Ovidio, en un pentámetro que trata de ser ingenioso, habla del hombre mitad toro y toro
mitad hombre; Dante, que conocía las palabras de los antiguos pero no sus monedas y
monumentos, imaginó al minotauro con cabeza de hombre y cuerpo de toro (Infierno, XII:
1-30).
El culto del toro y de la doble hacha (cuyo nombre era labrys, que luego pudo dar
laberinto) era típico de las religiones prehelénicas, que celebraban tauromaquias sagradas.
Formas humanas con cabeza de toro figuraron, a juzgar por las pinturas murales, en la
demonología cretense. Probablemente, la fábula griega del minotauro es una tardía y torpe
versión de mitos antiquísimos, la sombra de otros sueños aún más horribles.
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LA SALAMANDRA
No sólo es un pequeño dragón que vive en el fuego; es también (si el diccionario de la
Academia no se equivoca) «un batracio insectívoro de piel lisa, de color negro intenso con
manchas amarillas simétricas». De sus dos caracteres el más conocido es el fabuloso, y a
nadie sorprenderá su inclusión en este manual.
En el libro X de su Historia, Plinio declara que la salamandra es tan fría que apaga el
fuego con su simple contacto; en el XXI recapacita, observando incrédulamente que si
tuviera esta virtud que le han atribuido los magos, la usaría para sofocar los incendios. En
el libro XI, habla de un animal alado y cuadrúpedo, la pyrausta, que habita en lo interior del
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fuego de las fundiciones de Chipre; si emerge al aire y vuela un pequeño trecho, cae
muerto. El mito posterior de la salamandra ha incorporado el de ese olvidado animal.
El fénix fue alegado por los teólogos para probar la resurrección de la carne; la
salamandra, como ejemplo que en el fuego pueden vivir los cuerpos. En el libro XXI de la
Ciudad de Dios de San Agustín, hay un capítulo que se llama Si pueden los cuerpos ser
perpetuos en el fuego y que se abre así:
¿A qué efecto he de demostrar sino para convencer a los incrédulos de que es
posible que los cuerpos humanos, estando animados y vivientes, no sólo nunca se
deshagan y disuelvan con la muerte, sino que duren también en los tormentos del
fuego eterno? Porque no les agrada que atribuyamos este prodigio a la omnipotencia
del Todopoderoso, ruegan que lo demostremos por medio de algún ejemplo.
Respondemos a éstos que hay efectivamente algunos animales corruptibles porque
son mortales, que, sin embargo, viven en medio del fuego.
A la salamandra y al fénix recurren también los poetas, como encarecimiento retórico.
Así, Quevedo, en los sonetos del cuarto libro del Parnaso Español, que «canta hazañas del
amor y de la hermosura»:
Hago verdad al Fénix en la ardiente
Llama, en que renaciendo me renuevo,
Y la virilidad del fuego pruebo
Y que es padre, y que tiene descendiente.
La Salamandra fría, que desmiente
Noticia docta, a defender me atrevo,
Cuando en incendios, que sediento bebo
Mi corazón habita, y no los siente...
Al promediar el siglo XII, circuló por las naciones de Europa una falsa carta, dirigida por
el Preste Juan, Rey de Reyes, al emperador bizantino. Esta epístola, que es un catálogo de
prodigios, habla de monstruosas hormigas que excavan oro, y de un Río de Piedras, y de
un Mar de Arena con peces vivos, y de un espejo altísimo que revela cuanto ocurre en el
reino, y de un cetro labrado de una esmeralda, y de guijarros que confieren invisibilidad o
alumbran la noche. Uno de los párrafos dice: «Nuestros dominios dan el gusano llamado
salamandra. Las salamandras viven en el fuego y hacen capullos, que las señoras de
palacio devanan, y usan para tejer telas y vestidos. Para lavar y limpiar estas telas las
arrojan al fuego.»
De estos lienzos y telas incombustibles que se limpian con fuego, hay mención en Plinio
(XIX, 4) y en Marco Polo (XXXIX). Aclara este último «La salamandra es una sustancia, no
un animal.» Nadie, al principio, le creyó; las telas, fabricadas de amianto, se vendían como
de piel de salamandra y fueron testimonio incontrovertible del hecho que la salamandra
existía.
En alguna página de su Vida, Benvenuto Cellini cuenta que, a los cinco años, vio jugar
en el fuego a un animalito, parecido a la lagartija. Se lo contó a su padre. Éste le dijo que el
animal era una salamandra y le dio una paliza, para que esa admirable visión, tan pocas
veces permitida a los hombres, se le grabara en la memoria.
Las salamandras, en la simbología de la alquimia, son espíritus elementales del fuego.
En esta atribución y en un argumento de Aristóteles, que Cicerón ha conservado en el
primer libro de su De natura deorum, se descubre por qué los hombres propendieron a
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creer en la salamandra. El médico siciliano Empédocles de Agrigento había formulado la
teoría de cuatro «raíces de cosas», cuyas desuniones y uniones, movidas por la Discordia y
por el Amor, componen la historia universal. No hay muerte; sólo hay partículas de
«raíces», que los latinos llamarían elementos, y que se desunen. Éstas son el fuego, la
tierra, el aire y el agua. Son increadas y ninguna es más fuerte que otra. Ahora sabemos
(ahora creemos saber) que esta doctrina es falsa, pero los hombres la juzgaron preciosa y
generalmente se admite que fue benéfica. «Los cuatro elementos que integran y mantienen
el mundo y que aún sobreviven en la poesía y en la imaginación popular tienen una historia
larga y gloriosa», ha escrito Theodor Gomperz. Ahora bien, la doctrina exigía una paridad
de los cuatro elementos. Si había animales de la tierra y del agua, era preciso que hubiera
animales del fuego. Era preciso, para la dignidad de la ciencia, que hubiera salamandras.
En otro artículo veremos cómo Aristóteles logró animales del aire.
Leonardo da Vinci entiende que la salamandra se alimenta de fuego y que éste le sirve
para cambiar la piel.

SIRENAS
A lo largo del tiempo, las sirenas cambian de forma. Su primer historiador, el rapsoda
del duodécimo libro de la Odisea, no nos dice cómo eran; para Ovidio, son aves de
plumaje rojizo y cara de virgen; para Apolonio de Rodas, de medio cuerpo arriba son
mujeres y, abajo, aves marinas; para el maestro Tirso de Molina (y para la heráldica), «la
mitad mujeres, peces la mitad». No menos discutible es su género; el diccionario clásico de
Lemprière entiende que son ninfas, el de Quicherat que son monstruos y el de Grimal que
son demonios. Moran en una isla del poniente, cerca de la isla de Circe, pero el cadáver de
una de ellas, Parténope, fue encontrado en Campania, y dio su nombre a la famosa ciudad
que ahora lleva el de Nápoles, y el geógrafo Estrabón vio su tumba y presenció los juegos
gimnásticos que periódicamente se celebraban para honrar su memoria.
La Odisea refiere que las sirenas atraían y perdían a los navegantes y que Ulises, para
oír su canto y no perecer, tapó con cera los oídos de los remeros y ordenó que lo sujetaran
al mástil. Para tentarlo, las sirenas le ofrecieron el conocimiento de todas las cosas del
mundo:
Nadie ha pasado por aquí en su negro bajel, sin haber escuchado de nuestra boca
la voz dulce como el panal, y haberse regocijado con ella y haber proseguido más
sabio... Porque sabemos todas las cosas: cuantos afanes padecieron argivos y
troyanos en la ancha Tróada por determinación de los dioses, y sabemos cuanto
sucederá en la tierra fecunda (Odisea, XII).
Una tradición recogida por el mitólogo Apolodoro, en su Biblioteca, narra que Orfeo,
desde la nave de los argonautas, cantó con más dulzura que las sirenas y que éstas se
precipitaron al mar y quedaron convertidas en rocas, porque su ley era morir cuando
alguien no sintiera su hechizo. También la esfinge se precipitó desde lo alto cuando
adivinaron su enigma.
En el siglo VI, una sirena fue capturada y bautizada en el Norte de Gales, y figuró como
una santa en ciertos almanaques antiguos, bajo el nombre de Murgen. Otra, en 1403, pasó
por una brecha en un dique, y habitó en Haarlem hasta el día de su muerte. Nadie la
comprendía, pero le enseñaron a hilar y veneraba como por instinto la cruz. Un cronista del
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siglo XVI razonó que no era un pescado porque sabía hilar, y que no era una mujer porque
podía vivir en el agua.
El idioma inglés distingue la sirena clásica (siren) de las que tienen cola de pez
(mermaids). En la formación de esta última imagen habrían influido por analogía los
tritones, divinidades del cortejo de Poseidón.
En el décimo libro de la República, ocho sirenas presiden la revolución de los ocho
cielos concéntricos.
Sirena: supuesto animal marino, leemos en un diccionario brutal.


LAS NINFAS
Paracelso limitó su habitación a las aguas, pero los antiguos las dividieron en ninfas de
las aguas y de la tierra. De éstas últimas, algunas presidían sobre los bosques. Las
hamadríadas moraban invisiblemente en los árboles y perecían con ellos; de otras se creyó
que eran inmortales o que vivían miles de años. Las que habitaban en el mar se llamaban
oceánidas o nereidas; las de los ríos, náyades. Su número preciso no se conoce; Hesíodo
aventuró la cifra de tres mil. Eran doncellas graves y hermosas; verlas podía provocar la
locura y, si estaban desnudas, la muerte. Una línea de Propercio así lo declara.
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Los antiguos les ofrendaban miel, aceite y leche. Eran divinidades menores; no se
erigieron templos en su honor.

EL UNICORNIO
La primera versión del unicornio casi coincide con las últimas. Cuatrocientos años antes
de la era cristiana, el griego Ctesias, médico de Artajerjes Mnemón, refiere que en los
reinos del Indostán hay muy veloces asnos silvestres, de pelaje blanco, de cabeza purpúrea,
de ojos azules, provistos de un agudo cuerno en la frente, que en la base es blanco, en la
punta es rojo y en el medio es plenamente negro. Plinio agrega otras precisiones (VIII, 31):
«Dan caza en la India a otra fiera: el unicornio, semejante por el cuerpo al caballo, por la
cabeza al ciervo, por las patas al elefante, por la cola al jabalí. Su mugido es grave; un
largo y negro cuerno se eleva en medio de su frente. Se niega que pueda ser apresado
vivo». El orientalista Schrader, hacia 1892, pensó que el unicornio pudo haber sido
sugerido a los griegos por ciertos bajorrelieves persas, que representan toros de perfil, con
un sólo cuerno.
En la enciclopedia de Isidoro de Sevilla, redactada a principios del siglo VII, se lee que
una cornada del unicornio suele matar al elefante; ello recuerda la análoga victoria del
karkadán (rinoceronte), en el segundo viaje de Simbad.1 Otro adversario del unicornio era
el león, y una octava real del segundo libro de la inextricable epopeya The Faerie Queene
conserva la manera de su combate. El león se arrima a un árbol; el unicornio, con la frente
baja, lo embiste; el león se hace a un lado, y el unicornio queda clavado al tronco. La
octava data del siglo XVI; a principios del XVIII, la unión del reino de Inglaterra con el reino
de Escocia confrontaría en las armas de Gran Bretaña el leopardo (león) inglés con el
unicornio escocés.
En la Edad Media, los bestiarios enseñan que el unicornio puede ser apresado por una
niña; en el Physiologus Graecus se lee: «Cómo lo apresan. Le ponen por delante una
virgen y salta al regazo de la virgen y la virgen lo abriga con amor y lo arrebata al palacio
de los reyes». Una medalla de Pisanello y muchas y famosas tapicerías ilustran este triunfo,
cuyas aplicaciones alegóricas son notorias. El Espíritu Santo, Jesucristo, el mercurio y el
mal han sido figurados por el unicornio. La obra Psychologie und Alchemie (Zürich, 1944)
de Jung historia y analiza estos simbolismos.
Un caballito blanco con patas traseras de antílope, barba de chivo y un largo y retorcido
cuerno en la frente, es la representación habitual de este animal fantástico.
Leonardo da Vinci atribuye la captura del unicornio a su sensualidad; ésta le hace
olvidar su fiereza y recostarse en el regazo de la doncella, y así lo apresan los cazadores.
1. Éste nos dice que el cuerno del rinoceronte, partido en dos, muestra la figura de un hombre;
Al-Qazwiní dice que la de un hombre a caballo, y otros hablan de pájaros y de peces.
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EL UROBOROS
Ahora el Océano es un mar o un sistema de mares; para los griegos, era un río circular
que rodeaba la Tierra. Todas las aguas fluían de él y no tenía ni desembocadura ni fuentes.
Era también un dios o un titán, quizá el más antiguo, porque el Sueño, en el libro XIV de la
Ilíada, lo llama origen de los dioses; en la Teogonía de Hesíodo, es el padre de todos los
ríos del mundo, que son tres mil, y que encabezan el Alfeo y el Nilo. Un anciano de barba
caudalosa era su personificación habitual; la humanidad, al cabo de siglos, dio con un
símbolo mejor.
Heráclito había dicho que en la circunferencia el principio y el fin son un solo punto. Un
amuleto griego del siglo III, conservado en el Museo Británico, nos da la imagen que mejor
puede ilustrar esta infinitud: la serpiente que se muerde la cola o, como bellamente dirá
Martínez Estrada, «que empieza al fin de su cola». Uroboros (el que se devora la cola) es el
nombre técnico de este monstruo, que luego prodigaron los alquimistas.
Su más famosa aparición está en la cosmogonía escandinava. En la Edda Prosaica o
Edda Menor, consta que Loki engendró un lobo y una serpiente. Un oráculo advirtió a los
dioses que estas criaturas serían la perdición de la Tierra. Al lobo, Fenrir, lo sujetaron con
una cadena forjada con seis cosas imaginarias: el ruido de la pisada del gato, la barba de la
mujer, la raíz de la roca, los tendones del oso, el aliento del pez y la saliva del pájaro. A la
serpiente, Jörmungandr, «la arrojaron al mar que rodea la Tierra y en el mar ha crecido de
tal manera que ahora también rodea la Tierra y se muerde la cola».
En Jötunheim, que es la tierra de los gigantes, Utgarda-Loki desafía al dios Thor a
levantar un gato; el dios, empleando toda su fuerza, apenas logra que una de las patas no
toque el suelo; el gato es la serpiente. Thor ha sido engañado por artes mágicas.
Cuando llegue el Crepúsculo de los Dioses, la serpiente devorará la Tierra; y el lobo, el
Sol.
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EL CIERVO CELESTIAL
Nada sabemos de la estructura del ciervo celestial (acaso porque nadie lo ha podido ver
claramente), pero sí que estos trágicos animales andan bajo tierra y no tienen otra ansia que
salir a la luz del día. Saben hablar y ruegan a los mineros que los ayuden a salir. Al
principio, quieren sobornarlos con la promesa de metales preciosos; cuando falla este
ardid, los ciervos hostigan a los hombres, y éstos los emparedan firmemente en las galerías
de la mina. Se habla asimismo de hombres a quienes han torturado los ciervos...
La tradición añade que si los ciervos emergen a la luz, se convierten en un líquido
pestilente que puede asolar el país.
Esta imaginación es china y la registra el libro Chinese Ghouls and Goblins (Londres,
1928) de G. Willoughby-Meade.
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LAS VALQUIRIAS
Valquiria significa, en las primitivas lenguas germánicas, la que elige a los muertos. Un
conjuro anglosajón contra los dolores neurálgicos las describe, sin nombrarlas
directamente, de esta manera: Resonantes eran, sí resonantes, cuando cabalgaban sobre la
altura. Eran resueltas, cuando cabalgaban sobre la tierra. Poderosas mujeres...
No sabemos cómo las imaginaban las gentes de Alemania o de Austria; en la mitología
escandinava son vírgenes armadas y hermosas. Su número habitual era tres.
Elegían a los caídos en el combate y llevaban sus almas al épico paraíso de Odín, cuya
techumbre era de oro y que iluminaban espadas, no lámparas. Desde la aurora, los
guerreros, en ese paraíso, combatían hasta morir, luego resucitaban y compartían el
banquete divino, donde les ofrecían la carne de un jabalí inmortal e inagotables cuernos de
hidromiel.
Bajo el creciente influjo del cristianismo, el nombre de Valquiria degeneró; un juez en
la Inglaterra medieval, hizo quemar a una pobre mujer acusada de ser una Valquiria, es
decir una bruja.

ICTIOCENTAUROS
Licofronte, Claudiano y el gramático bizantino Juan Tzetzes han mencionado alguna
vez los ictiocentauros; otra referencia a ellos no hay en los textos clásicos. Podemos
traducir ictiocentauros por centauro-peces; la palabra se aplicó a seres que los mitólogos
han llamado también centauro-tritones. Su representación abunda en la escultura romana y
helenística. De la cintura arriba son hombres, de la cintura abajo son peces, y tienen patas
delanteras de caballo o de león. Su lugar está en el cortejo de las divinidades marinas, junto
a los hipocampos.
LOS SERES TÉRMICOS
Al visionario y teósofo Rudolf Steiner le fue revelado que este planeta, antes de ser la
Tierra que conocemos, pasó por una etapa solar, y antes por una etapa saturnina. El
hombre, ahora, consta de un cuerpo físico, de un cuerpo etéreo, de un cuerpo astral y de un
yo; a principios de la etapa o época saturnina, era un cuerpo físico, únicamente. Este
cuerpo no era visible ni siquiera tangible, ya que entonces no había en la Tierra ni sólidos
ni líquidos ni gases. Sólo había estados de calor, formas térmicas. Los diversos colores
definían en el espacio cósmico figuras regulares e irregulares; cada hombre, cada ser, era
un organismo hecho de temperaturas cambiantes. Según el testimonio de Steiner, la
humanidad de la época saturnina fue un ciego y sordo e impalpable conjunto de calores y
fríos articulados. «Para el investigador, el calor no es otra cosa que una sustancia aún más
sutil que un gas», leemos en una página de la obra Die Geheimwissenschaft im Umriss
(Bosquejo de las Ciencias Ocultas). Antes de la etapa solar, espíritus del fuego o
arcángeles animaron los cuerpos de aquellos «hombres», que empezaron a brillar y a
resplandecer.
¿Soñó estas cosas Rudolf Steiner? ¿Las soñó porque alguna vez habían ocurrido, en el
fondo del tiempo? Lo cierto es que son harto más asombrosas que los demiurgos y
serpientes y toros de otras cosmogonías.
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DEMONIOS DEL JUDAÍSMO
Entre el mundo de la carne y del espíritu, la superstición judaica presuponía un orbe que
habitaban ángeles y demonios. El censo de su población excedía las posibilidades de la
aritmética. Egipto, Babilonia y Persia contribuyeron, a lo largo del tiempo, a la formación
de ese orbe fantástico. Acaso por influjo cristiano (sugiere Trachtenberg) la demonología o
ciencia de los demonios importó menos que la angelología o ciencia de los ángeles.
Nombremos sin embargo, a Keteh Merirí, señor del medio día y de los calurosos
veranos. Unos niños que iban a la escuela se encontraron con él; todos murieron salvo dos.
Durante el siglo XIII la demonología judaica se pobló de intrusos latinos, franceses y
alemanes, que acabaron por confundirse con los que registra el Talmud.
EL HIJO DE LEVIATÁN
En aquel tiempo, había en un bosque sobre el Ródano, entre Arles y Aviñón, un
dragón, mitad bestia y mitad pez, mayor que un buey y más largo que un caballo. Y
tenía los dientes agudos como la espada, y cuernos a ambos lados, y se ocultaba en el
agua, y mataba a los forasteros y ahogaba las naves. Y había venido por el mar de
Galasia, y había sido engendrado por Leviatán, cruelísima serpiente de agua, y por
una bestia que se llama Onagro, que engendra la región de Galasia...
La Légende Dorée,
Lyon, 1518


LAS HADAS
Su nombre se vincula a la voz latina futuro (hado, destino). Intervienen mágicamente en
los sucesos de los hombres. Se ha dicho que las hadas son las más numerosas, las más
bellas y las más memorables de las divinidades menores. No están limitadas a una sola
región o a una sola época. Los antiguos griegos, los esquimales y los pieles rojas narran
historias de héroes que han logrado el amor de esas fantásticas criaturas. Tales aventuras
son peligrosas; el hada, una vez satisfecha su pasión, puede dar muerte a sus amantes.
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En Irlanda y en Escocia les atribuyen moradas subterráneas, donde confinan a los niños
y a los hombres que suelen secuestrar. La gente cree que poseían las puntas de flechas
neolíticas que exhuman en los campos y a las que dotan de infalibles virtudes medicinales.
A las hadas les gusta el color verde, el canto y la música. A fines del siglo XVII un
eclesiástico escocés, el reverendo Kirk, de Aberboyle, compiló un tratado que se titula La
Secreta República de los Elfos, de las Hadas y de los Faunos. En 1815, Sir Walter Scott
dio esa obra manuscrita a la imprenta. Del señor Kirk se dice que lo arrebataron las hadas
porque había revelado sus misterios. En los mares de Italia el Hada Morgana urde
espejismos para confundir y perder a los navegantes.
LAS LAMIAS
Según los clásicos latinos y griegos, las lamias habitaban en África. De la cintura para
arriba su forma era la de una hermosa mujer; más abajo la de una sierpe. Algunos las
definieron como hechiceras; otros como monstruos malignos. La facultad de hablar les
faltaba, pero su silbido era melodioso. En los desiertos atraían a los viajeros, para
devorarlos después. Su remoto origen era divino; procedían de uno de los muchos amores
de Zeus. En aquella parte de su Anatomía de la Melancolía (1621) que trata de la pasión
del amor, Robert Burton narra la historia de una lamia, que había asumido forma humana y
que sedujo a un joven filósofo «no menos agraciado que ella». Lo llevó a su palacio, que
estaba en la ciudad de Corinto. Invitado a la boda, el mago Apolonio de Tyana la llamó por
su nombre; inmediatamente desaparecieron la lamia y el palacio. Poco antes de su muerte,
John Keats (1795-1821) se inspiró en el relato de Burton para componer su poema.
LOS LEMURES
También les dieron el nombre de larvas. A diferencia de los lares de la familia, que
protegían a los suyos. Los lemures, que eran las almas de los muertos malvados, erraban
por el mundo, infundiendo horror a los hombres. Imparcialmente torturaban a los impíos y
a los justos. En la Roma anterior a la fe de Cristo, celebraban fiestas en su honor, durante
el mes de mayo. Las fiestas se llamaban Lamurias. Fueron instituidas por Rómulo, para
apaciguar el alma de Remo, a quien había ejecutado. Una epidemia asoló a Roma y el
oráculo, consultado por Rómulo, aconsejó esas fiestas anuales que duraban tres noches.
Los templos de las otras divinidades se clausuraban y estaban prohibidas las bodas. Era
costumbre arrojar habas sobre las tumbas o consumirlas por el fuego, porque el humo
ahuyentaba a los lemures. También los espantaban los tambores y las palabras mágicas. El
curioso lector puede interrogar Los Fastos de Ovidio.

LOS SÁTIROS
Así los griegos los llamaron; en Roma les dieron el nombre de faunos, de Panes y de
silvanos. De la cintura para abajo eran cabras; el cuerpo, los brazos y el rostro eran
humanos y velludos. Tenían cuernitos en la frente, orejas puntiagudas y la nariz encorvada.
Eran lascivos y borrachos. Acompañaron al dios Baco en su alegre conquista del Indostán.
Tendían emboscadas a las ninfas; los deleitaba la danza y tocaban diestramente la flauta.
Los campesinos los veneraban y les ofrecían las primicias de las cosechas. También les
sacrificaban corderos.
Un ejemplar de esas divinidades menores fue apresado en una cueva de Tesalia por los
legionarios de Sila, que lo trajeron a su jefe. Emitía sonidos inarticulados y era tan
repulsivo que Sila inmediatamente ordenó que lo restituyeran a las montañas.
El recuerdo de los sátiros influyó en la imagen medieval de los diablos.

EL PÁJARO QUE CAUSA LA LLUVIA
Además del dragón, los agricultores chinos disponen del pájaro llamado shang yang
para obtener la lluvia. Tiene una sola pata; en épocas antiguas los niños saltaban en un pie
y fruncían las cejas afirmando: lloverá porque está retozando el shang yang. Se refiere, en
efecto que bebe el agua de los ríos y la deja caer sobre la tierra.
Un antiguo sabio lo domesticó y solía llevarlo en la manga. Los historiadores registran
que se paseó una vez ante el trono del príncipe Ch’i, agitando las alas y dando brincos. El
príncipe, alarmado, envió a uno de sus ministros a la corte de Lu, para consultar a
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Confucio. Éste predijo que el shang yang produciría inundaciones en la región y en las
comarcas adyacentes. Aconsejó la construcción de diques y canales. El príncipe acató las
admoniciones del maestro, y evitó así grandes desastres.
LA LIEBRE LUNAR
En las manchas lunares, los ingleses creen descifrar la forma de un hombre; dos o tres
referencias al hombre de la luna, al man in the moon, hay en el Sueño de una Noche de
Verano. Shakespeare menciona su haz de espinas o maleza de espinas; ya alguno de los
versos finales del canto XX del Infierno habla de Caín y de las espinas. El comentario de
Tommaso Casini recuerda a este propósito la fábula toscana en que el Señor dio a Caín la
Luna por cárcel y lo condenó a cargar un haz de espinas hasta el fin de los tiempos. Otros,
en la Luna, ven la sagrada familia, y así Lugones pudo escribir en su Lunario Sentimental:
Y está todo: la Virgen con el niño; al flanco,
San José (algunos tienen la buena fortuna
De ver su vara); y el buen burrito blanco
Trota que trota los campos de la Luna.
Los chinos, en cambio, hablan de la liebre lunar. El Buddha, en una de sus vidas
anteriores, padeció hambre; para alimentarlo, una liebre se arrojó al fuego. El Buddha,
como recompensa, envió su alma a la Luna. Ahí, bajo una acacia, la liebre tritura en un
mortero mágico las drogas que integran el elixir de la inmortalidad. En el habla popular de
ciertas regiones, esta liebre se llama el doctor, o liebre preciosa, o liebre de jade.
De la liebre común se cree que vive hasta los mil años y que encanece al envejecer.
FIN